Medicamentos controlados, guía rápida para el consumidor amateur.
Por Andrés Cota Hiriart / México
No hay por qué negarlo: a la vejez la acompañan las pastillas. Chochear no se refiere tanto a los achaques de la edad, sino al acto de consumir chochos. Pareciera que por cada día que empujamos la expectativa de vida, requerimos un nuevo fármaco que lo compense, con los que se establece una relación directamente proporcional entre los años cumplidos, el número de píldoras por consumir y el estado mental alcanzado. La tercera edad nos recibe convertidos en politoxicómanos de medicamentos controlados.
Si bien el efecto aislado de cada pastilla es conocido por aquellos inquietos que hurgan en los cajones de sus abuelos, sólo podemos suponer lo que sucede en el cerebro anciano con la suma de las cinco pastas que consumen diariamente. Quizá la cabeza joven no esté preparada pa-ra un coctel de tal magnitud, pero si estás listo para viajar en el tiempo, es necesario conseguir un recetario médico y un Vademecum (Biblia de los medicamentos), seleccionar el ansiolítico de tu preferencia, dos antidepresivos, un antipsicótico y algún analgésico fuerte; salir de compras, tomarte todo de golpe, y estar dispuesto a derretirte como crayola bajo el sol. Si eres suicida, puedes beber alcohol; pero si tu inquietud no da para tanto o aún te interesa el contacto social, sugiero descomponer la mezcla en sus elementos y experimentar con cada uno por separado. A modo de guía para el amateur, se dice que dos Lexotanes equivalen a una tacha; un bote de Benadrex, a un ácido potente; unas líneas de Oxycodone, a una sesión de chiva; y el Rivotril y el Diazepam, a una noche sin sueños.
Siendo joven, se está a merced del estigma social; pero no desesperes: a todos, psiconautas activos incluidos, nos llega el glorioso momento de ser admitidos en el insen, instante en el que la sociedad nos dejará en paz, e incluso promoverá nuestra medicación; y entonces sí, a chochear.