Hoy, jueves 16, Bogotá. Mañana, el resto de Colombia.
Sin planearlo decidimos rentar un coche, manejar hacia Medellín, rumbo a Cali y el Pacífico. ¿Cómo saber que las curvas empezaban en la carretera, y que 400 kilómetros por tierra eran más de 9 horas de trayecto? Aquí es donde las Cessnas entran en acción. Estábamos atravesando la primera de las tres cordilleras de Colombia, carreteras atestadas de camiones, sinuosas, con curvas bordeando desfiladeros, retenes
con soldados, paisajes abiertos, verdes y dos señales
peculiares: “No más estrellas en la vía” y “Cuidado de chocar con un coche de frente”.
Entrada a Medellín, las curvas no paran, sólo se presentan en diferentes formas. Ahí nos encontramos con Cuqui, Juan en realidad, y su banda, que nos espera sentados en la plaza viendo a los chavos, parche paisa, el sábado por la noche en pleno ligue. Es sorprendente poder contar, una chica sí, una no. Te das cuenta de que sin tetas no hay paraíso, la magia de la cirugía plástica.
Noche de rumba. Primero a la Plaza del Periodista, a un bar de salsa, pequeño, obscuro y con mucho baile. Acompañados de nuevos amigos: la Pastosita, un chavo de Medellín, seguimos con Cuqui y sus amigos. Vamos al Líbido, el antro underground de Medellín; un lugar de esos clandestinos que todo el mundo conoce. Póster enorme de Kiss en la entrada, sonido fúrico y una multitud de jóvenes eufóricos coreando “hey ho let’s go!”. Los Ramones no perdonan. Así empezó la segunda mitad de la noche en el afterhours: alcohol, cocaína (fuá), mucho rock, y una banda de covers bilingüe que prendió a todos hasta la madrugada. En Medellín son rockeros, las cantan todas. La fiesta se termina y dormir no es necesario, partimos en unas horas.
Camino a Buenaventura, el soundtrack es “Tú amor es un periódico de ayer y pa’lante” y “El cantante”. Cruzamos una segunda cordillera, las curvas se van haciendo cada vez más cerradas, nos acercamos a tierra caliente, ya se siente el trópico y la música suena por todos lados. Los cuerpos y la piel van cambiando de tono: sabrosito-mami-songorocosongo-de-mamey. Estamos llegando al Pacífico colombiano: tierra de negros. ¿Buenaventura, Caney, Caliventura o Calintura? En el malecón nos encontramos con Juan y sus amigos Jair, Ana, la princesa del Pacífico, y Yompi. Nos movemos en lancha con dirección a Juanchaco y Ladrilleros, vamos al hotel del papá de Ana. No hay duda, blancos en minoría.
Grande fue la sorpresa al llegar a ese lugar, a la orilla de un acantilado de arcilla porosa coronado por una gran palmera que cortaba el horizonte hacia el océano Pacífico, que de pacífico no tiene nada. Mar, viche (aguardiente), tequila, fuá, amigos, borrachera, muchas risas, lluvia, sol y tormentas. Todo sobre un pedazo de continente que en años no existirá más, socavado por la acción tediosa del mar. Hoy paseamos por la playa, Nacho decidió que la cruda se la curaba solo en la cabaña con sus libros y la vista a la ballenas.
Terminamos en la barra, al final de los acantilados, en la enramada de Cerebro, en el culo del mundo nos fumamos un churro hecho con hoja de plátano. Cuevas, cascadas, pelícanos y murciélagos. Llueve todas las noches y las gotas en el techo de aluminio producen un letargo angustioso, como de caballos trotando.
Después de tres días de introducción al Pacífico, finalmente hoy llegamos a Cali; cruzamos la última cordillera, Buenaventura está en la Costa, Cali pasando la loma. Nos espera el Festival Petronio Álvarez, música negra del Pacífico. Antes de llegar, hay escalas obligatorias: El Zaperoco, la mejor rumba de Cali. La Pachanga, La Salsita Vieja, el mejor bar de Salsa del mundo donde las imágenes de La Fania All Stars cubren las paredes y la gente baila hasta el amanecer.
Nuestro baile nos llevó hasta la Calle del Pecado. Ahí llegan todos los necios a seguir bailando, tambores, marimbas, ron, cerveza, el viche bacano, todos borrachos, alegres moviéndose al ritmo del currulao. Ahí el tambor es dueño del cuerpo, y el que no se mueva lo mueven, cadera con cadera, por atrás por adelante y déjese cachondear que esto es fiesta y Cali es Cali, lo demás es loma. Nunca faltan los pránganas hijoeputas que se aprovechan del estado etílico y vulnerable de la gente. A Yompi lo asaltaron, le azotaron la cabeza contra la banqueta y le robaron su cartera.
Al Festival vamos con Rigo, que en realidad se llama Juan, pero era idéntico al cantante de Matamoros, Rigo Tovar. Rigo nos aseguró que el festival era la mejor fiesta de la ciudad, fiesta del tambor y la negramenta, la chimba más cuca. Entramos después de horas de espera. Por seguridad, no puede entrar más gente. La plaza
de toros retumba, se oyen los gritos, los aplausos y es que
además el festival es un concurso de cinco días con más
de 200 grupos. Arrebato musical.
Al entrar sólo pudimos quedarnos en asombro, fue uno de esos momentos donde no salen palabras y no puedes cerrar los ojos. Ahí es donde las curvas tienen su mejor forma. Miles
de personas agitando pañuelos blancos, hacia arriba y hacia abajo, moviéndose frenéticamente al ritmo que marcaban los tambores. Regresamos a la Calle del Pecado donde los últimos clientes acaban tirados en la calle, besando el pavimento de tanta alegría y tanto ron.
Y como dice nuestro Rigo colombiano, “después de tanta alegría viene la tristeza”. Vamos al río Pance, a 30 km de Cali a curarnos la cruda con cervezas, sancocho y un bareto. Luego dormimos mucho, porque si no el corazón no aguanta. Después de Pance, fuimos al centro a donde Don Hebert –un señor de unos 70 años que luego de trabajar toda su vida decidió convertir su cochera en un chiringuito, donde toca su colección de discos salsa, cumbia, boogaloo– y a seguir bailando, pues en Cali para ir al cielo hay que morirse bailando. Del cielo Cali la sucursal….
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Número 2
Crónica (fotografía y texto):
Yvonne Dávalos, Sonia Lartigue e Ignacio Perales / México.
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