El paisaje es un culo como un cielo azul, una playa de arena fina de donde emergen dos nalgas negras. El sol es fuerte como la muerte y despide una luz regia que hace brillar las formas y extiende los contornos de las olas.
El paisaje es un culo, un cielo salado de aguas transparentes, arenas blancas, nalgas negras. Los colores cambian, el tiempo es un eufemismo, un palito con el que se hacen rayas en la arena. La luz del sol rebota contra los bordes de las cosas y hace todo más dúctil y maleable. Hay aquí esa tendencia a mezclar todo con todo, principio y fin, negro y blanco, negro y rojo, negro y verde, negro y mamey, negro y negro.
El paisaje es un culo, un sueño, una mentira, una ilusión, una niña negra caminando desnuda por la playa lejos de la España católica que trajo la esclavitud y el idioma.
Se habla rápido, con música y sin eses. El inglés es necesidad de la carne. El sexo lo regalan niños y niñas que los adultos venden en brochures alemanes, italianos, gringos y canadienses.
El paisaje es un culo que conmueve al más acérrimo fanático religioso, un megáfono hundido en la arena repite el mismo loop…Welcome to Dominican Republic, my country is your country, I love you free.
Camino sobre la playa hacia el mar, me concentro en oír, pero mis otros sentidos se anteponen: el olor del pescado podrido es innegable y desde metros atrás se puede ver lo contaminado del mar, me da mucho asco, pero no me importa, igual me meto al agua. Las olas me sorprenden pero nado hacia el acantilado; siempre me atrevo a más de lo que debo (¿puedo?). Pierdo mi cabeza dentro del agua, nado con fuerza, el acantilado cada vez está más cerca escucho el choque constante del mar aun bajo el agua. Un rugido que cada vez se impone más. Nado, flaqueo ensordecida e hipnotizada por un vaivén violento, sexual, toda la agresividad en un reventar acuático, salino: el mar fornicando a la tierra por cientos, miles de días y noches en un gemir de marea y piedra: incesante.
En la espesa jungla de la cultura alcohólica peruana destacan a contraluz los colores crepusculares y tornasolados de los destilados de la Amazonia. Como ejemplo, he ahí el masato: chicha de yuca ancestral, de consistencia espesa y sabor amargo que se procesa mediante la masticación de una ronda de chicas y señoras en la profundidad amazoniense, y cuya saliva es el detonante de toda fermentación y maduración.
Sin embargo, desde que el alcohol de caña mestizado y de enorme popularidad se hiciera un sitio en el paladar y en el hígado urbano, no hay regreso. En las ciudades y pueblos que bordean los ríos, el macerado es ley. Y rey. La idea que subyace a esta regia
práctica es sencilla y difundida, pero localmente vive anclada a la buena costumbre de curar y vivir de las propiedades de las raíces, hojas y cortezas de árboles y plantas. Dejar que el alcohol tiña, o destiña y cargue todas esas propiedades vegetales, es la receta básica de cualquier cocktail a punto de ser empinado al atardecer desde una hamaca o desde un sórdido garito. Ese trago puede ser el primero o el último de una aventura curativa, exitosa lo mismo que fallida. Pero ahí están, los famosos rompe-catre, rompe-calzón y sus fans mareados, buscando sanación o compañía en la noche profunda de la Amazonía.
Todos los animales dejan rastros de olor: señas invisibles para encontrarse con el otro. Señas que alertan: alejan al enemigo o llaman a la pareja. La androstenona y el androsterol son las feromonas que despiden los machos y hembras humanos para atraer a su compañeros. Y muchos esfuerzos se han hecho por incluir estas feromonas en perfumes y colonias que supuestamente son fórmulas de lo irresistible.
Pero un ejercicio más interesante es pensar abstractamente a qué huelen nuestras secreciones… Aquello que nos recuerda el cuerpo de manera más básica, bestial, extraordinaria.
Y si el olor crea memorias quizá más indeleblemente que los otros sentidos, ¿cómo recordar o aludir al olor de saliva, sangre, sudor, esperma? El perfume de la casa Etat Libre d’Orange, “Secrétions Magnifiques” intenta hacer esto justamente: con acordes iodatados, adrenalinescos, sangrientos, lechosos: coco, sándalo, opoponax, almizcle: frescura con un corte metálico; sal que te hace agua la boca. Secreciones que nos adhieren o repelen completamente, este perfume no es de medias tintas, sino de con-fusión total. El olor como metáfora de un encuentro.
Intento no cruzar. Ni siquiera el roce de la mirada que rebota en el piso plastificado para dar en el blanco. Son demasiadas cosas en muy poco tiempo y, mucho menos, espacio. Y ahora queda tan poco espacio que no entra ni la mitad de mi cuerpo. Todo lo siento simplificado, sintetizado, sintético. En el mal sentido. Todo. Se fue. Quedaron impresiones táctiles y las percepciones recortadas en celuloide vencido, el Tupperware que no cierra repleto de gummybears debajo de la cama llena de fibra de poliéster y mis ojos envaselinados.
Cuando intento que mi voluntad elástica vuelva a su forma original lo ocupa todo. La imagen crece como un inflable más grande que su continente. Y en la habitación también estoy yo. Entonces esa imagen de látex se pega a mi cuerpo para reconocerme o anularme, rodeándome completo. Obedezco porque es lo más razonable. Tomo champagne en un vaso descartable, hago gárgaras con polímeros y creo que el cuerpo nunca olvida, perdona, pero nunca olvida.