Las calles, las calles. Un hombre, una mujer dicen estar interesados en lo que hay, lo que tienen que decir. No parece ser el caso. De repente pareciera que no se trata de reparar en detalles, sino de obviar lo evidente que está delante de nosotros. Extraer, abstraer, tomar distancia. Mientras avanzo en mi miopía y las calles se desnudan de sus excesos, todo aquello
que a primera vista parecía obvio, trivial, comienza a revelarse como una cosa muy extraña, con abundantes sutilezas metafísicas y detalles virtuosos. Camino (y todos los demás caminan) y pienso en George Bernard Shaw: “Beauty is all very well, but who ever looks at it when it has been in the house for three days?
Por Emilio Reyes-Bassail / México
Es una mentira que los jóvenes escuchan más que los viejos; la comprobación reside en un ejemplo sencillo: Llegué a esta oficina 20 minutos tarde, después de que prendieran las computadoras y sus centrífugos sistemas de ventilación. Yo era el único que no estaba irritado conscientemente por su sonido. Aquellos que llevaban más tiempo aquí, fueron los primeros en darse cuenta de la molesta trepidación. Seguramente lo notaron al prender los monitores. En cambio yo no me di cuenta del molesto ventilador hasta que cesó.
Llevo 23 años escuchando cosas y no conozco los ruidos de más de ¼ de siglo de duración.
Aquellos sonidos que irritan a los ancianos
en huesos y caderas probablemente nunca callarán en su tiempo de vida.
Aquel anhelo de volver a un tiempo antes de ese ruido no lo conocerán y, sin embargo, yo lo descubriré por su ausencia.
Y ni yo ni los viejos tendremos el oído para escuchar aquel ruido que ha estado desde el casi principio. Es cierto que el diablo sabe y escucha muchas cosas, pero Dios escucha muchas más. El viejo puede escuchar el sonido del silencio, se parece a su propia voz.
No es que uno pierda el oído al envejecer; lo que sucede es que hay menos cosas que escuchar y más por recordar. Envejecer es conocer las cosas por su desaparición.
Por Eduardo Abaroa / México
Mal café... pésimo
Estoy tomando un café en un Sanborns y veo que una de las meseras le dice algo a la gerente en voz baja. Ambas se sientan a la mesa de junto. La gerente le pregunta a la otra qué ha soñado, como si fuera su psicoanalista.
—Soñé que había una fiesta...
—Eso quiere decir que algo muy malo va a pasarte. Es al revés, algo bueno puede ser algo malo.
—No, pero es que a mí no me invitaban.
—Ah…
Miro la taza con asco. El café del Vips es mejor.
Un par de veces acompañé a mi tío y a sus amigos rescatistas durante su guardia nocturna. Pasaban las noches de los sábados en un Vips casi vacío, con las
ambulancias junto a la entrada del estacionamiento. Eran voluntarios, una banda de aventureros redimidos por el altruismo. Para matar el tiempo contaban historias de despanzurramientos y amputaciones espeluznantes, asegurándose de que yo entendiera todos los detalles. Mi tío me invitó una hamburguesa con queso que me supo a sangre humana. Sólo una vez llamaron por el radio para pedir ayuda. Teníamos que salir inmediatamente a un centro nocturno donde se había armado la bronca. Aún no puedo creer que me hayan llevado a ese triste lugar. Después de madrearse a unos cuantos borrachos, los treparon a la ambulancia y los llevaron al hospital.
Por Alberto Ruy Sánchez / México
Mal café... pésimo
Estoy tomando un café en un Sanborns y veo que una de las meseras le dice algo a la gerente en voz baja. Ambas se sientan a la mesa de junto. La gerente le pregunta a la otra qué ha soñado, como si fuera su psicoanalista.
—Soñé que había una fiesta...
—Eso quiere decir que algo muy malo va a pasarte. Es al revés, algo bueno puede ser algo malo.
—No, pero es que a mí no me invitaban.
—Ah…
Miro la taza con asco. El café del Vips es mejor.
Un par de veces acompañé a mi tío y a sus amigos rescatistas durante su guardia nocturna. Pasaban las noches de los sábados en un Vips casi vacío, con las ambulancias junto a la entrada del estacionamiento. Eran voluntarios, una banda de aventureros redimidos por
el altruismo. Para matar el tiempo contaban historias de despanzurramientos y amputaciones espeluznantes, asegurándose de que yo entendiera todos los detalles. Mi tío me invitó una hamburguesa con queso que me supo a sangre humana. Sólo una vez llamaron por el radio para pedir ayuda. Teníamos que salir inmediatamente a un centro nocturno donde se había armado la bronca. Aún no puedo creer que me hayan llevado a ese triste lugar. Después de madrearse a unos cuantos borrachos, los treparon a la ambulancia y los llevaron al hospital.
Por Anis Kazantzakis / México
Mi papá se afeitaba con navajas Orión. Para acceder con su arma blanca a los lugares difíciles, se levantaba gajos del cuello y al llegar a la cara, la piel estirada alcanzaba la extensión de una pizza mediana. Al terminar los afeites se daba pequeñas palmadas de colonia Vetiver en los cachetes y se colocaba pedacitos de papel de baño en las cortadas. Luego salía al mundo perfectamente viejo y guapo, zapatos recién boleados, traje gris,
camisa blanca y corbata negra. Se trepaba en un carrazo y se iba a su notaría. Sobre el cuello de la camisa se le derramaban parcelas de piel anciana perfectamente rasuradas, que al tacto eran pedazos dóciles y generosos del abuelo. En mis recuerdos, las manos frías con las uñas rayadas y la piel moteada y despegada del hueso, sostenían todo el tiempo un libro o un Tin Larín.